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LA SANACIÓN INTERIOR

23 may 2025
9 min de lectura

Actualizado: hace 19 horas

Cómo integrar las sombras de las heridas narcisistas al transitar hacia el amor, la reconciliación y la sanación profunda




II

SANACIÓN

EL PRIMER PASO, LA CONCEPCIÓN

Paso I, Paso II

 

¿Qué es la sanación?

La palabra sanación proviene del latín sanatio, -ōnis, que significa «acción y efecto de sanar» o «curar». A su vez, se relaciona con el verbo latino sanāre, que significa restaurar la salud, y que deriva de sānus: sano, saludable, íntegro.

Sanar es, en cierto sentido, reparar.


La palabra reparar procede del latín reparāre, que significa «restaurar», «renovar» o «preparar de nuevo». Reparar implica, por tanto, devolver algo a su estado anterior o, cuando esto ya no es posible, recuperar aquello que permanece esencial a pesar de lo sucedido.

Pero ¿qué significa reparar una relación? Y, particularmente, ¿qué significa reparar la relación entre una madre y su hijo?


Si reparar supone regresar, al menos simbólicamente, al origen de aquello que ha sido dañado, entonces debemos preguntarnos: ¿cuál fue el primer estado relacional entre una madre y un hijo? ¿En qué momento comenzó ese vínculo que, de una u otra manera, nos acompañará durante toda nuestra existencia? La respuesta nos conduce al instante mismo de la concepción.

Allí comenzó nuestra historia. Antes de las palabras, antes de las caricias, antes de los encuentros y los desencuentros. Antes incluso de que nuestra madre supiera de nuestra existencia, la vida había comenzado a abrirse camino. Fue el encuentro de dos fuegos que dieron origen a un tercero. Dos historias, dos linajes, dos universos familiares que, por un instante, confluyeron para hacer posible una nueva existencia. Tu existencia.


Y no importa, por ahora, cómo se haya desarrollado después esa historia. No importa si estuvo marcada por el amor, la ausencia, el abandono, la indiferencia o el sufrimiento. Tampoco importa si tus padres permanecieron juntos, se separaron, se amaron o nunca llegaron a conocerse verdaderamente. En aquel instante comenzó tu viaje.


Uno de los autores que más ha influido en mi comprensión de los vínculos familiares es Joan Garriga Bacardí. Desde su perspectiva sistémica, Garriga nos invita a reconocer que la vida nos llega a través de nuestros padres y que nuestra relación con ellos ocupa un lugar fundamental en la construcción de nuestra identidad. No se trata de idealizarlos ni de negar sus limitaciones. Se trata de comprender que, antes de cualquier historia posterior, hubo un acontecimiento esencial: recibimos la vida. Y ese acontecimiento, por sí mismo, merece ser contemplado.


La concepción representa, en este sentido, el primer punto de encuentro entre nuestra existencia y la historia de quienes nos precedieron. No significa que todos nuestros vínculos psicológicos hayan quedado determinados en ese instante, sino que allí encontramos el origen biológico y simbólico desde el cual podemos comenzar a comprender nuestra pertenencia.

Reconectar interiormente con ese origen puede constituir un primer paso en el camino de la sanación.


¿Por qué? Porque, si estás leyendo estas palabras, significa que tu vida comenzó y que, a pesar de todo cuanto haya sucedido, has llegado hasta este momento. Y esto tiene un significado profundo. Sin embargo, sé que algunos lectores podrían detenerse aquí y preguntarse: ¿Y a qué costo? ¿De qué sirve haber recibido la vida si después tuve que sufrir tanto? Incluso habrá quienes, desde lo más profundo de sus heridas, hayan llegado a pensar que habría sido preferible no haber nacido.


No debemos juzgar a quien ha sentido semejante dolor. Mucho menos pedirle que lo niegue, lo minimice o lo transforme apresuradamente en gratitud. Hay sufrimientos que dejan al ser humano sin palabras. Heridas tan profundas que llegan a oscurecer el sentido mismo de la existencia.


Y es precisamente allí donde comienza una de las tareas más delicadas de la sanación: reconocer el dolor sin permitir que este se convierta en la única definición de nuestra vida.

Sanar no significa negar lo sucedido. Tampoco consiste en convencernos de que todo fue necesario, justo o bueno. Sanar significa comenzar a mirar nuestra historia desde un lugar distinto. Un lugar en el que el sufrimiento pueda ser reconocido sin que nuestra identidad quede reducida a él. Es descubrir, lentamente, que podemos decir sí a nuestra propia vida sin tener que decir sí a todo aquello que nos ocurrió. Esta distinción es fundamental.


Aceptar la vida que recibimos de nuestros padres no significa aceptar sus errores, justificar sus abusos ni renunciar a los límites que necesitamos establecer. Significa reconocer que nuestra existencia posee un valor propio, independiente de las circunstancias en las que comenzó y de la manera en que fuimos tratados. Desde esta perspectiva, el camino hacia la luz no consiste en negar la oscuridad, sino en aprender a atravesarla sin permanecer prisioneros de ella.

Bert Hellinger, desde el enfoque de las constelaciones familiares, propuso una mirada particular sobre la relación con los padres: recibir interiormente aquello que nos fue dado, comenzando por la vida misma.


Esta propuesta puede entenderse como una invitación simbólica a distinguir entre el origen de nuestra existencia y las heridas que posteriormente surgieron en la relación.

Me gusta imaginar esta herencia como un conjunto de monedas que recibimos al nacer.

Algunas son de lodo, otras de cobre, otras de plata y unas cuantas de oro.

Hay monedas que representan los dones, los talentos, los cuidados y los momentos de amor. Otras contienen las ausencias, los silencios, los miedos y las heridas que nuestros padres, consciente o inconscientemente, pudieron transmitirnos.


No todas tienen el mismo valor. No todas merecen ser conservadas de la misma manera.

Algunas podremos agradecerlas. Otras tendremos que comprenderlas. Y habrá algunas que necesitaremos dejar atrás para no continuar entregándolas a quienes vengan después de nosotros.

Porque sanar no consiste en convertir el lodo en oro mediante una negación de lo sucedido.

Consiste en reconocer qué hemos recibido, comprender qué deseamos conservar y decidir qué no queremos seguir transmitiendo.


Y, quizá, cuando ese proceso haya madurado lo suficiente, podamos pronunciar dos palabras aparentemente sencillas:

Gracias, mamá.

Gracias, papá.


Dos palabras que pueden contener una transformación interior profunda cuando nacen de una comprensión auténtica y no de una obligación. Pero ¿qué significa realmente agradecer?

Agradecer no es justificar. Agradecer no es olvidar. Agradecer tampoco significa reconciliarse físicamente con quien nos ha lastimado. La gratitud, cuando es genuina, puede expresar que hemos logrado reconocer algún bien recibido sin negar el mal que también pudo existir.


Y tal vez la forma más profunda de gratitud hacia nuestros padres no consista en agradecerles todo cuanto hicieron, sino en reconocer que, a través de ellos, llegó nuestra vida.

Nada más. Y nada menos.


Llegar a ese reconocimiento puede ser un proceso largo, complejo y, en ocasiones, doloroso. Para algunas personas requerirá acompañamiento terapéutico, años de reflexión y un trabajo profundo de reconstrucción de su identidad. Para otras, la gratitud hacia sus padres quizá nunca sea posible. Y eso no les impide sanar. Porque la sanación no puede convertirse en una nueva exigencia impuesta sobre quien ya ha sufrido. En mi comprensión espiritual, existe un estado al que podríamos llamar estado de gracia: una manera de vivir en la que la gratitud deja de ser una fórmula y se convierte en una disposición interior ante la existencia.


No significa agradecer el sufrimiento por el sufrimiento mismo, sino reconocer que nuestra vida puede adquirir sentido incluso después de haber atravesado experiencias dolorosas. Es la posibilidad de dejar de vivir exclusivamente desde aquello que nos faltó y comenzar a descubrir aquello que todavía podemos construir. Desde esta perspectiva, propongo que el primer ejercicio de reparación interior consista en contemplar nuestro origen y, si nos sentimos preparados, pronunciar:


Gracias, mamá. Gracias, papá. Porque a través de ustedes recibí la vida. Hoy reconozco ese origen sin negar mi historia, sin justificar mis heridas y sin renunciar a mi libertad.

Recibo mi existencia como propia. Y desde ella elijo crecer, comprender, transformar y continuar mi camino.


Estas palabras no pretenden ser una fórmula mágica. Son, más bien, una puerta. Una puerta que cada persona podrá abrir a su propio ritmo. Al final, estamos aquí para evolucionar desde lo vivido y experimentado; desde nuestros errores y aciertos, desde nuestros encuentros y desencuentros, desde nuestras luchas, derrotas y victorias. Pero evolucionar no significa necesariamente convertirnos en personas distintas de quienes somos. A veces significa, precisamente, regresar a nosotros mismos: recuperar aquello que quedó oculto bajo las heridas, los temores y las expectativas familiares. Nuestros padres, con sus virtudes y limitaciones, fueron el medio por el cual llegamos al mundo. Algunos crecieron junto a una madre amorosa y un padre presente. Otros conocieron la indiferencia, la manipulación, el abandono o las conductas profundamente dañinas de quienes debían protegerlos.


También existen personas que nunca conocieron a su madre o a su padre biológico. Algunas fueron adoptadas; otras crecieron bajo el cuidado de familiares o de personas que, sin haber participado en su concepción, asumieron amorosamente la tarea de acompañarlas.

Todas estas historias merecen ser reconocidas en su singularidad. La madre biológica fue la primera morada de nuestra existencia. El padre aportó también aquello que hizo posible nuestra concepción. Me gusta pensar en la madre como aquella primera embarcación que nos sostuvo durante nuestro desarrollo, y en el padre como parte del astillero de nuestro origen. Pero ninguna metáfora debe hacernos olvidar que la maternidad y la paternidad verdaderamente vividas se construyen también mediante el cuidado, la presencia y la responsabilidad. Por eso, reconocer nuestro origen biológico no exige atribuir a nuestros progenitores un amor que quizá nunca pudieron o quisieron ofrecer.


Podemos honrar la vida sin idealizar a quienes nos la transmitieron. Podemos reconocer de dónde venimos sin quedar sometidos a ese pasado. Y podemos agradecer nuestra existencia sin sentirnos obligados a agradecer aquello que nos dañó. Aquí aparece una distinción que considero esencial para el proceso de sanación: la reconciliación interior no siempre requiere una reconciliación relacional. En ocasiones, acercarnos nuevamente a nuestros padres puede ser una experiencia reparadora. Un encuentro, una conversación sincera, el reconocimiento de un error o un abrazo pueden abrir caminos que parecían cerrados. Pero no siempre sucede así.


Hay padres que nunca reconocen el daño causado. Madres que permanecen atrapadas en sus propios patrones de conducta. Familias en las que cualquier intento de acercamiento termina reproduciendo las mismas heridas. En esas circunstancias, la distancia puede ser una forma legítima de protección y de amor hacia uno mismo. No todos los vínculos deben restaurarse en el plano físico. Algunos necesitan ser transformados únicamente en nuestro interior. Podemos reconciliarnos con nuestra historia sin reconciliarnos con las personas que participaron en ella.


Podemos dejar de esperar aquello que nunca recibimos. Podemos reconocer que nuestros padres fueron seres humanos limitados sin convertir sus limitaciones en una justificación del daño. Y, sobre todo, podemos dejar de vivir esperando que ellos cambien para permitirnos cambiar nosotros. Este es uno de los movimientos interiores más importantes de la sanación. Porque mientras nuestra paz dependa exclusivamente de que alguien reconozca lo que hizo, pida perdón o repare aquello que destruyó, una parte de nuestra vida continuará esperando una respuesta que quizá nunca llegue. Sanar implica recuperar la capacidad de decidir qué hacemos hoy con nuestra propia historia. No podemos modificar el momento de nuestra concepción. Tampoco podemos cambiar los acontecimientos de nuestra infancia ni borrar las heridas que dejaron determinadas experiencias. Pero sí podemos transformar, gradualmente, la relación que mantenemos con esos recuerdos y la manera en que influyen sobre nuestro presente. Y esa transformación puede extenderse más allá de nosotros mismos. Los patrones familiares, las creencias, las formas de vincularnos y las respuestas emocionales aprendidas pueden transmitirse de una generación a otra. Sin embargo, esa transmisión no constituye un destino inevitable.


Cuando comenzamos a reconocerlos, cuestionarlos y modificarlos, abrimos la posibilidad de relacionarnos de una manera distinta con nuestros hijos, nuestras parejas y con nosotros mismos.

Aquello que antes se repetía sin conciencia puede comenzar a transformarse mediante la comprensión. Quizá nuestros padres no pudieron darnos todo lo que necesitábamos porque ellos tampoco lo recibieron. Quizá crecieron en medio de sus propias heridas y aprendieron a sobrevivir de la única manera que conocían. Comprenderlo no significa absolverlos de sus responsabilidades. Significa ampliar nuestra mirada para reconocer que nuestra historia no comenzó con nosotros y que, sin embargo, no tiene por qué continuar repitiéndose de la misma manera. En ese sentido, volver simbólicamente al instante de la concepción es regresar al punto en el que todavía no existían nuestras experiencias de rechazo, abandono o sufrimiento.

No para imaginar que aquel instante estuvo necesariamente lleno de amor, sino para reconocer que nuestra existencia comenzó antes de que esas heridas formaran parte de nuestra historia.


Allí encontramos una verdad sencilla: Nuestra vida es más antigua que nuestras heridas.

Y quizá sea precisamente desde esa comprensión desde donde podamos comenzar a reconstruir nuestra relación con nosotros mismos. Porque antes de ser el hijo rechazado, la hija abandonada, el niño herido o el adulto que todavía busca respuestas, fuimos una vida que comenzaba.

Una vida que todavía no conocía las palabras con las que, años después, aprenderíamos a describir nuestro sufrimiento.


Volver a ese origen no significa regresar al pasado. Significa dejar de confundir nuestra identidad con lo que nos sucedió. Y desde allí, comenzar. No necesariamente perdonando. No necesariamente agradeciendo. Tal vez, simplemente, reconociendo:


Esta es mi vida.

Esta es mi historia.

No elegí las circunstancias de mi origen ni muchas de las heridas que recibí.

Pero hoy puedo comenzar a elegir qué lugar ocuparán en mi existencia.

Puedo reconocer de dónde vengo sin quedar prisionero de ello.

Puedo transformar lo aprendido y construir aquello que no recibí.

Y puedo, finalmente, comenzar a vivir mi propia vida.


Porque la sanación no consiste en regresar a ser quienes éramos antes de sufrir. Consiste en descubrir quiénes podemos llegar a ser después de haber comprendido nuestra historia.


Y tal vez ese sea el primer acto verdadero de reconciliación: dejar de luchar contra nuestro origen para comenzar a hacernos responsables de nuestro destino.


I MOVIMIENTO

GRACIAS POR LA CONCEPCIÓN

Por eso, este primer paso se llama: Agradecimiento por la concepción. Gracias por la vida.


Continuará....


 
 
 

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